La Figura del Mentor en el Jiu-Jitsu:
Hay quienes ven el Jiu-Jitsu como un deporte, un conjunto de técnicas precisas para controlar al oponente. Sin embargo, si uno se adentra en su verdadera esencia, comprenderá que el Jiu-Jitsu es un viaje hacia lo más profundo del ser, una revelación del propio carácter, una travesía de pruebas y lecciones de vida. En este viaje, el rol de un mentor no es solo el de un maestro, sino el de un guía que nos acompaña y, en muchos casos, nos ayuda a descubrir una dimensión de nosotros mismos que de otra manera quedaría inexplorada. Así sucede en HCA·DOJO, nuestra academia de artes marciales en Arica, donde Nathalie Luza, nuestra profesora de Jiu-Jitsu, encarna esta figura con una entrega que parece anacrónica, algo propio de épocas más sencillas y puras.
Muchas veces cuando un alumno entra por primera vez a HCA·DOJO, no sabe realmente lo que está buscando. Tal vez llega con un deseo de aprender defensa personal o con la idea de mejorar su físico. Pero, como Nathalie les enseña con su presencia y con su propio ejemplo, el Jiu-Jitsu es mucho más que eso. Nathalie no impone su visión ni obliga a nadie a seguir un camino en particular; en cambio, su presencia constante, sus gestos pausados, la seriedad de su mirada y la precisión de sus movimientos van revelando, casi imperceptiblemente, un camino de vida, una manera de ser y de pensar que no solo se centra en la técnica, sino en el espíritu.

No es que Nathalie sea una instructora en el sentido formal; ella es, en el fondo, una buscadora de lo que verdaderamente significa el Jiu-Jitsu. Al enseñar, muestra a sus alumnos que el arte de luchar no se trata únicamente de vencer, sino de aprender a convivir con la resistencia, de descubrir en uno mismo la fortaleza para enfrentar cada derrota, y el valor para levantarse una y otra vez.
Nathalie dedica su vida a algo que bien podría considerarse una forma de vocación sagrada. No es común en estos tiempos modernos ver a alguien comprometido con tal intensidad a la enseñanza de un arte que no promete riquezas materiales ni reconocimientos fáciles. Esta dedicación es, en sí misma, un acto de fe, una muestra de su creencia en el poder transformador del Jiu-Jitsu, en su capacidad de hacer crecer a cada individuo que se entrega sinceramente a él.

En cada clase, Nathalie se entrega sin reservas. Cuando sus alumnos observan cómo se mueve y cómo habla, comprenden que no es solo una cuestión de habilidad, sino de respeto por la disciplina, de una devoción profunda hacia el Jiu-Jitsu. Y así, poco a poco, los alumnos van absorbiendo algo más que los movimientos, los giros y las técnicas; aprenden, tal vez sin darse cuenta, a ver en sí mismos algo más noble, una parte de su espíritu que hasta entonces desconocían.
A medida que pasa el tiempo, uno puede observar en HCA·DOJO una transformación que no es inmediata, sino que crece lentamente, como una planta que extiende sus raíces hacia lo profundo. Los alumnos de Nathalie empiezan a llevar su práctica del Jiu-Jitsu más allá del tatami. Tal como los grandes maestros en las novelas, Nathalie enseña a sus alumnos a integrar los principios del arte en su vida cotidiana: a ser pacientes cuando las cosas no salen como esperaban, a respetar a los demás y a sí mismos, a ver en la dificultad una oportunidad de crecimiento.

Estos cambios suceden de una forma casi imperceptible, pero están ahí. Es como si Nathalie plantara una semilla en el corazón de cada estudiante, una semilla que, con el tiempo, se convierte en una fortaleza interna, una fuente de calma en medio del caos de la vida moderna.
En última instancia, lo que Nathalie transmite en HCA·DOJO es un legado que trasciende el aquí y el ahora. No es solo una técnica, ni un conjunto de habilidades para el combate; es una forma de vivir, de ver la vida con una perspectiva diferente. Como en las grandes obras literarias, el verdadero aprendizaje del Jiu-Jitsu no se encuentra en las lecciones explícitas, sino en los pequeños momentos, en las palabras dichas al final de una clase, en el silencio compartido antes de un combate, en los gestos de respeto y humildad que se repiten hasta que se vuelven una segunda naturaleza.
Así es la labor de Nathalie en HCA·DOJO, en Arica, Chile. Ella no enseña solo movimientos; cultiva almas, planta semillas de resiliencia y respeto, y da a cada alumno algo que va más allá del Jiu-Jitsu, algo que se convierte en un refugio y una fuente de fortaleza. Nathalie, en su entrega callada, en su dedicación incansable, deja un legado que, al igual que las verdaderas lecciones de vida, perdurará mucho después de que las palabras se hayan olvidado.
